"Caelum non animum mutant qui trans mare currunt"

16 de enero de 2010

▪ Don't Interrupt Them! II



LA DESPLUMACIÓN PERBUTADA

Como no le agrada ni un poquito que la contradigan, la señora Jacinta se acerca a doña Rosa y ahí nomás le tira de un rulo bien enrulado hasta que logra desprenderlo totalmente del cuero cabelludo de su dueña. Pero doña Rosa no es ninguna santa (¡no, no!) y le retorna una desvestidura fatal que arranca hasta el último volado del vestido recién estrenado de la señora Jacinta.

—¡Atrevida! —grita a los cuatro vientos la señora Jacinta, con furia en los dientes, mientras junta del suelo los volados volados y se acomoda su vestido que, no está de más decirlo, es de satén azul, muy pituco. Con los volados ahora en los bolsillos, se abalanza contra doña Rosa y le impugna una emplomadura que le provoca una rotación pomular de 90° y por un momento se cree victoriosa mientras la victima empieza a sangrar. Pero por segunda vez doña Rosa le responde y arremete con su palo de amasar contra el sombrero hindú de Jacinta, que tiene plumas violáceas de algún ave exótica del África (el sombrero deja de tener plumas africanas y deja de ser hindú, claro), y ante el descaro de doña Rosa y su palo de amasar, la señora Jacinta se revoluciona y esgrime su inmensa cartera de charol vacía (que da vueltas y vueltas y vueltas en el aire) y así le aplaca uno a uno los restantes rulos enrulados, al mismo tiempo que doña Rosa, con un ojo morado pero más fuerza que un gorila, comienza a moretonearla por todas partes con su bolsita de pan recién comprado y en eso están arremulgándose de ida y de vuelta cuando se aproxima el doctor Sánchez que se imposiciona estratégicamente entre ambas damas que poco de damas parecen tener.

—¡Ça suffit, ça suffit! —relincha el doctorandum, con la intención inminente de separarlas y evitar verlas a las dos próximamente en su consultorio. No ha terminado de forcejear cuando ya le están pateando el trasero, tirando del bigote, manoteando la billetera y ahorcándolo con la corbata, redoblando hacia arriba y palma al medio y dos estruendosos aplausos en las mejillas que ni les cuento.

—¿Te das cuenta? —proclama la señora Jacinta, olvidándose de todo.

—¡El muy metichoto! —gruñe doña Rosa, ya desenrulada.

Y ahí nomás se abrazan y se palmean las espátulas como si no se hubieran estado intercambiando más de cuatro esquiafos en plena turbulencia; así son las rocintas y las jasontas, mejor es no perbutarlas porque te encajan un sinfín de parulos y se quedan tan chochas.


(2010)





2 comentarios:

Kristel dijo...

ojalá, ojalá tuviese esa respuesta.. aunque hay cosas que no pueden buscarse ni perseguirse, que hay que dejar ir o esperar que regresen..

por ahora me quedo con tu respuesta al post, que al menos es linda :)

y por cierto, agitada pero divertida pelea, palabras de movimientos preciosos..
1 beso

Chano dijo...

Vas a los favoritos de mi blog ^^