"Caelum non animum mutant qui trans mare currunt"
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7 de febrero de 2012

▪ Washing it All Away

 
 
DOÑA POCHA BALDEA LA VEREDA

Bien tempranito se despluma el perturbador y doña Pocha lo inacciona como de costumbre, con un golpecito suculento en la parte superior, que tiembla peor que la gelatina en plena crisis nerviosa antes de ser fagocitada. A lo lejos canta un gallo. Después de mirar el techo unos cinco minutos, doña Pocha se retumba de la cama, se mulge el batón, se encuadrea las chancletas y pone la pava para los mates. Hoy es miércoles y le toca baldear la vereda. Día por medio lo hace, por culpa de la naturaleza. La muy inespúbila e inmodable le plantó dos fromíferas inmensas en la entrada, y junto con ellas, todas las palomas en las ramas y sus desechos en el suelo y polvo revoloteado por todas partes y ¿qué perro no se tentaría ante semejantes fromíferas, tan bien plantadas en la entrada? Entonces hay que baldear día por medio para que la vereda sea transitable, sostiene doña Pocha, con los puños en la cintura, mirando la calle desde la ventana.

Doña Pocha necesita al menos cuatro cosas para baldear. La primera, claro, es la escoba, para rafozarse de la tierra y de las hojas caídas y de los papeles (porque yo no sé, pero ¡siempre es un chiquero mi vereda, Filomena!) y también para bailar de a ratos una milonguita, cuando no pasa nadie por la calle y no la ven. La segunda, claro, un balde, preferentemente azul violáceo con manija negra. Pecado sería usar la manguera (por algo se llama “baldear”, ¿no es cierto, Filomena?) y derrochar mareas y calamidades por donde todos caminan y pisan y aplastan. La tercera, claro, el agua, indispensable para framelar con turgencia hidráulica todo aquello que no es vereda (porque uno freniega y freniega, pero ¡hay cosas que no salen con nada, Filomena! Créame lo que le digo, que llevo toda una vida haciendo esto). La cuarta, claro, la radio. A doña Pocha le encanta escuchar la radio mientras baldea, ponerla en la ventana y sintonizar unos lindos tangos (porque así una se siente acompañada, ¿vio, Filomena? Usted es como yo, usted me entiende). Con estas cuatro cosas, ya se puede comenzar a baldear como Dios manda, sostiene doña Pocha.

Ahora bien, es importante aclarar que a doña Pocha la quiere todo el barrio, excepto cuando baldea. Porque es así, ella siempre es generosa con todos, es amorosa por demás, flamea sonrisas todo el tiempo, excepto cuando baldea. Cuando baldea es mejor no acercarse bajo ningún concepto. Cuando baldea, te mira con un profundo odio cristalino, con una tempestad rabiosa que parece ascender por encima de su tosco cuerpo como una grufia mitológica intorcelada de tres cabezas, con una cara explícita de ni-se-te-ocurra-pisar-mi-vereda, con una verputialidad verdaderamente admirable capaz de desterrizar la cuadra entera. Cuando baldea, es mejor cruzar la calle, saludarla de lejos, preguntarle por Pancho, halagar la mañana y seguir viaje. Y siempre con precaución. No vaya a ser cosa que se vuelva a premorificar, como aquella vez con Josesito, pobre nene, qué culpa tiene él de que le guste ver cómo corre el agua despacito por las uniones entre las baldozas y cómo se va trifurcando en cada esquinita y se forman distintos caminos acuáticos que terminan siempre convergiendo y volviéndose a encontrar para volver a desviarse y desparramarse y avanzar incansablemente hasta llegar al cordón y caer a la calle, pobrecito él, Josesito, y qué locura la de doña Pocha, que tres vueltas manzanas se corrieron entre sí, escoba en mano y a gritos pelados, ¡pobre diablo!, con barro en las zapatillas y liricando amenazas de nalgueteo achancletado y ¡ya vas a ver, cuando lo vea a tu padre! Por eso, cuando doña Pocha baldea, mejor ser cauto, mejor estar lejos, o mejor aún no ser ni estar, mejor desexistir.

Cuando después del barrerío, el aguonazo y el frequeteo doña Pocha termina de baldear, pone sus manos en la cintura para contemplar mejor su impecable trabajo y descromea oblicuamente los ojos por la vereda, de una punta a la otra. Si considera que ha cumplido con su deber a la perfección, se le craquea una leve sonrisa en el rostro y mira triunfal hacia aquella esquina primero, donde está el quiosquito de Mari. Siente la brisa golpear suavemente su rostro y después mira hacia la otra esquina, donde los chicos del barrio juegan a la pelota todas las tardes. Entonces sí, ya terminó, ya puede sentirse orgullosa, ya puede agarrar la escoba y el balde y entrar a la casa, ya puede olvidarse de la vereda y de las fromíferas por dos días, ya puede seguir con las demás tareas domésticas como todas las mañanas, ya puede despertar a Pancho y cebarle unos ricos mates amargos, como a él tanto le gustan.

(2012)
 

 

9 de noviembre de 2010

▪ Diagnosed with Gossiping Disorder

    
   
DOÑA POCHA VA AL MÉDICO
  
Su turno era a las 3, pero a las 2:45 ya está en la sala de espera, bien arreglada, revista en mano para pasar el tiempo. Claro que el tiempo pasa, pero no tanto gracias a la revista. La hojea, sí. Pero no la lee. Sus sentidos están atentos a otras cosas. Doña Pocha lo reconoce: es un poco chusma. Lo mejor de ir al médico es sentarse ahí y escuchar los chismes del barrio. Y, por qué no, colaborar con la sagrada tarea de difundirlos. Por eso, cuando se sienta Carmen al lado, no termina de preguntarle cómo está, que ya le suelta que Marita, la hija de Matilde, se va a casar. Y claro, le agrega que a ella nunca le cayó bien ese muchachito con el que anda Marita. “Muy misterioso, ¿no te parece?” le dice doña Pocha. “A Pancho tampoco le gusta. No sabemos nada de su familia y, por cómo anda siempre vestido, no debe tener muchas aspiraciones”. Carmen asiente pronunciadamente y agrega que, de todos modos, no cree que se concrete el casamiento. Y si se llega a hacer, pone las manos en el fuego de que va a fracasar. “El muchacho no la quiere, se nota a la legua”, concluye. “Pobre Marita”, dice doña Pocha, mientras sigue pasando las hojas de la revista y se detiene en el horóscopo. “No entiendo por qué se casan. ¿No estará… embarazada?”, se atreve a susurrar Carmen y, por unos segundos, reina el silencio en la sala de espera. Se abre la puerta del consultorio y sale el señor Ramírez, con los resultados de sus análisis en la mano. Entra una señora coqueta, no sin antes decirle algo al oído a su compañera, la cual le responde “sí, sí, andá tranquila que después te cuento”. Carmen no aguanta más la ansiedad. “¿Ese es el horóscopo?”, le pregunta a doña Pocha. “A ver, fijate. Es de géminis ella”. Y doña Pocha lee: “Amor: período de inestabilidad. No confiar ciegamente en su pareja o podrá arrepentirse. Sorpresa: una nueva vida empieza a manifestarse”. Se miran atónitas. “¡Yo te lo dije!”, espamenta Carmen. “Una nueva vida… Un bebé”, y todos en la sala ya no pueden despegar sus ojos ni oídos de ellas. “Pobre Marita”, repite doña Pocha. “No le va a ir bien con ese muchacho”, agrega mientras cierra la revista, olvidándose de Pancho y de que ella también es de géminis.
   
(2010)
   
   
    
    
 
    

13 de marzo de 2010

▪ Cleaning and Thinking



DOÑA POCHA HACE LA LIMPIEZA

Empieza por el living y franelea todos los muebles, de arriba a abajo. Mientras plumerea la biblioteca encuentra un libro viejísimo y decide abrirlo y ¡oh, sorpresa! encuentra dobladita la carta que le había escrito el verdulero de la esquina cuando eran jóvenes y el mundo era otro: caminaba, no corría. Y la lee. Pero la hace un bollo cuando llega a la parte en la que sus cabellos son coliflores y su perfume le recuerda a la remolacha. Un bollo y a la basura. Y se pone a barrer todo justo cuando suena el teléfono y piden hablar con su hija Noelia. Le contesta que está durmiendo, porque eso fue lo que le dijo que iba a hacer cuando llegó y subió al dormitorio. Pero en realidad Noelia está tirada en la cama llorando. Por eso la luz apagada y la foto bajo la almohada. Noelia no duerme. Mientras tanto, doña Pocha se decide a encerar porque le encantan los pisos brillosos y radiantes. Y siempre que encera recuerda su infancia y esas galerías eternas de pisos relucientes. Ella jugaba en esos pisos todas las tardes. Pero a decir verdad de eso se acuerda poco, sólo hay imágenes borrosas. Fue hace tanto. Ahora ella es la que encera y limpia y ordena mientras otros juegan. Doña Pocha deja de encerar un segundo, se mira en el espejo, se acomoda el batón y no se reconoce. Le faltan las ventanas. A doña Pocha le encanta limpiar las ventanas. Así se entera de todo. Una vez a la mañana la vio a Antonia bailando en su casa, escoba en mano, con los ruleros puestos y en camisón, y no pudo parar de reírse hasta el mediodía. Y nunca se olvida de la vez que estaba limpiando las ventanas que dan a la calle y Coco, el perrito de don Felipe, se escapó de la casa al ver pasar a Mario, el de la farmacia, y le ladró ferozmente y lo persiguió y le encajó tal tarascón que le rompió el pantalón fino de alpaca. Y más tironeaba y más se rompía y ¡qué risa!, terminó en calzones en el medio de la calle. A doña Pocha no se le escapa una y cómo le gusta limpiar las ventanas. Cuando termina con el living se va al escritorio de Pancho y ahí tiene que tener mucho cuidado porque a Panchito no le gusta que le cambien nada de lugar y se pone a gritar “¡Pocha!” como loco hasta que ella lo escucha y le devuelve el grito y “¡está en el segundo cajón!”. Así que doña Pocha limpia con cuidado y deja las lapiceras donde estaban y no mueve un solo papel. Y al terminar de limpiar el escritorio de Pancho se pregunta cómo es posible que en su casa convivan él y la carta del verdulero. Pero claro, Panchito no se acerca jamás a la biblioteca, no pertenece a ese mundo. Jamás la leería, piensa equivocada. Y entonces aparece su hija Noelia y le dice que se va a lo de su amiga a tomar mates y doña Pocha se la cree, se seca la frente con un pañuelo y le pregunta qué quiere que le prepare para la cena. Noelia finalmente se va y doña Pocha sigue limpiando, mientras piensa en la tarta de jamón y queso que hará dentro de unas horas. Le faltan los dormitorios.

(2010)





2 de febrero de 2010

▪ Shopping can be Fun



DOÑA POCHA VA DE COMPRAS

Doña Pocha entra al mercado y se zamplona automáticamente a la dóngola de los lácteos. Allí se encuentra con una joven pareja que rezonga y biplumea entre yogures y flancitos. “Ella tiene razón: el yogur”, piensa doña Pocha, mirándose la silueta. Y le pasa por al lado poniendo cara de tenés-toda-la-razón-del-mundo-querida y de paso le hurtifica al muchacho unos chorizos de su changuito, no para ponerlos en el suyo, sino para hacer justicia. Dejando a la pareja detrás, doña Pocha manitroma unos sachet de leche con fecha de expiración lontana y se detiene ante el glorioso queso rallado. Veripía entre una marca y otra y cuestiona los precios y hace tatetí y se adueña de uno que estaba medio escondidito. Busca en el bolsillo. Mira la listita que había escrito antes de salir de casa y lee “mermelada de ciruela”. Encuentra de frutilla, de naranja, de quinoto, de merullo, pero de ciruela no (motivo suficiente para olvidarse del dulce de batata, que tanto le gusta a Pancho). Agarra un frasco pequeño de mermelada de quinoto, lo girotea por todos lados, lo observa con extrema decamencia y pone a prueba la tapa. Aprobado. Lo pone en el changuito. Y entonces piensa en la torta que tiene que hacer para Matilde, así que palmea las manos (vaya uno a saber por qué) y se embocina con paso decidido hacia la harina. Elije una con muchos ceros y de ahí al azúcar. Y ahí la ve. ¡Matilde, en pleno acto de dominación de la sacarosa! ¡Tres paquetes! Y de repente doña Pocha quiere esconderse para no hablarle, pero no va que Matilde se tornea como una víbora y las dos se influman a los ojos y “¡Pocha queriiida! ¿Cómo anda? ¿Cómo la trata el calor?”. Y a doña Pocha no le queda otra que revitar la lengua y poner contentos a los oídos de Matilde quejándose de la humedad y los huesos. Hasta que después de un voivengo doña Pocha inmuye un “Bueno, querida, me voy por los fideos, que ya tendría que estar en casa poniendo el agua a hervir. Pancho me va a matar". Entonces Matilde, mientras le da un beso, piensa que la muy desgraciada no quiere flamizar la lengua con ella y, un poco ofetada, le desea por dentro que se queme con el agua hirviendo o que el tuco le salga exofinadamente picante. Doña Pocha se aleja y piensa que en vez de hacerle a Matilde esa torta esponjosa que tan rica le sale, le va a hacer un gualicho (que también le salen ricos) y que mejor usar la harina para hacer unas tortas fritas a la tarde mientras llueve y Pancho ceba unos mates. Y ahí no más se le antoja comer de postre duraznos con crema. Y se estira para llegar a la lata de arriba. Y sin querer (pero con furia por dentro) se le cae una de las latas de abajo y tira todo y se pone roja como un tomate (y en el acto queda el postre cancelado) y Matilde, que la venía siguiendo, se ríe a carcajadas limpias y sonoras, mientras el empleado pone cara de esta-vieja-viene-a-hacer-cagadas y se resifunde y se pone a plurificar todo el derragloto causado por doña Pocha. Pero qué importa, si las tortas fritas que hizo esa tarde estaban para chuparse los dedos.


(2010)