"Caelum non animum mutant qui trans mare currunt"
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1 de febrero de 2010

▪ No Happy Ending



MÚSICA QUE DUELE

Algo que no tenés por qué hacer una mañana de un día nublado con un poquito de viento, pero que yo sí hice (y te va a gustar, si sos como yo). Te despertás, ponés la canción Happy Ending de Mika, te tirás en la cama boca arriba y mirás el reloj que, a su vez, te mira desde allá, alto, imponente, sobre la pared. Y mirás cómo se va moviendo el segundero, despacito, sin detenerse jamás, derrochando segundos irrecuperables. Y mientras tanto escuchás atentamente la canción. A little bit of love. Y mirás el reloj, pero no encontrás respuesta a tu pregunta. Y escuchás. Y te das cuenta. This is the way that we love, like it’s forever; then live the rest of our life, but not together. Y mirás el reloj y escuchás y sentís. No hope or love or glory; happy endings gone forever more. Ahí está la respuesta. Y escuchás. Hasta que tus oídos quieren llorar y tus ojos, por fin, quieren cerrarse. Ahí es cuando los cerrás; ahí es cuando te cerrás y listo. Eso, lo creas o no, también es un suicidio.

(2010)




19 de enero de 2010

▪ Happy Tick-tack-day!



VENCEDOR


Después de tanto tiempo vivido, me cansé y dije basta. Estaba seguro de que había llegado el momento de ponerle fin a esa locura. ¿Quién se pensaba que era para controlarme así? Cuando faltaba poquito para mi último cumpleaños decidí vengarme. Elaboré un plan no del todo perfecto, pero que me permitiría lograr mi objetivo: que dejara de decidir por mí. Cuando oficialmente cargué con 365 días más —y encima tuvieron el tupé de felicitarme— por fin pude llevar a cabo mi venganza.


Entonces, sin explicarle nada, lo convencí para que saliéramos juntos a caminar esa tardecita. Le hablé bastante de mi infancia, de qué rápido que pasa el tiempo, de las cosas que vamos perdiendo. Le hablé de mi vida, de mi calabozo de aire, de las presiones sociales, del tiempo climático y del tiempo cronológico. El muy descarado ni se inmutó. Ni se dio por aludido, con esa mirada perdida tan típica de él.


Entonces, sin que se diera cuenta, fui desviando el rumbo. Lo conduje hacia las afueras de la ciudad y, después de mucho caminar, por fin llegamos al bosque.


—¿Ves que no te miento? —le dije. —Ya se hizo de noche… ¡Qué rápido que pasa el tiempo!


Me devolvió un silencio incómodo. Nada más. Lo que pasó después no lo sabe nadie. Los únicos testigos fueron la luna y las estrellas.


Entonces, sin decir una palabra, lo miré fijo, con maldad, como nunca miré a nadie. Mantuve esa fría mirada durante varios segundos, que mi víctima bien pudo contar (uno, dos, tres, cuatro…). Entonces, sin previo aviso, cerré rápido los ojos, respiré hondo, levanté mi mano derecha bien alto, dejé pasar dos segundos y la bajé velozmente, como si fuera un rayo. Arremetí sin piedad contra mi muñeca izquierda. Forcejeé con mis dedos. Logré liberarla. La solté de esas cadenas, de esa maldita correa de cuero. La victima cayó inconsciente a la tierra. La pisé una y otra vez hasta cerciorarme de que su corazón ya no latía, de que ya no hacía tictac, de que ya no tenía poder sobre mí, de que ya no me obligaría a sumar días, horas, minutos, segundos a mi vida.

Entonces, sin ningún tipo de remordimiento, levanté mi ex reloj y busqué un lugar donde enterrarlo. Un lugar en el que pudiera descansar en paz para siempre, en esa horrorosa eternidad a la que tanto temen los relojes. Un lugar físico donde dejarlo; porque en mi vida ya contaba con una ubicación temporal: era parte de mi pasado y yo era feliz y libre y vencedor.

PD: Las mañanas ahora no tienen fin.

(2009)





15 de noviembre de 2009

▪ Prisoner of Time




PREÁMBULO A LAS INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.


INSTRUCCIONES PARA DAR CUERDA AL RELOJ

Allá en el fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus pequeños rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.



Historias de cronopios y de famas, Julio Cortázar